Salta, Humahuaca y Purmamarca – Argentina

Salta es una de las ciudades más grandes del norte de Argentina. La llaman Salta la linda porque es una ciudad colonial que aun conserva muchos edificios de ese estilo. Después de un bus de noche de lujo, en el que me ofrecieron hasta whiskey después de una cena calentita, me recorrí la ciudad entera. Es bonita aunque bastante pequeña. Tiene un Museo de Alta Montaña super interesante, con 3 momias de niños que fueron sacrificados en la época de los incas, y que se conservan casi intactos debido al clima frío y la altura.

Para ir más hacia el norte empezó la aventura. En el autobus de Salta a Humahuaca, tuvimos que parar como 3 horas, porque con las lluvias, una riada de agua y lodo bajaba desde las montañas y cortaba la carretera. Hubo un momento en el que pensábamos que íbamos a tener que hacer noche allí.

El parón me dió la oportunidad de conocer a los dos conductes del bus, con los que acabamos compartiendo mates y empanadas. Esta gente tiene unas condiciones de trabajo muy duras. Me contaron que trabajan unos 7 u 8 meses seguidos, con turnos de hasta 15 o 16 horas, y no vuelven a sus casas dursnte todo ese tiempo. Por ejemplo, ellos iban a hacer el recorrido Salta – La Quiaca, de unas 7 horas, y en La Quiaca descansaban un par de horas y luego volvían a salir en dirección Buenos Aires, un trayecto de más de 24h.

Al final, llegamos a Humahuaca bastante más tarde de lo esperado pero sanos y salvos. Tocó buscar hostel en plena noche, pero iba acompañada de Tihuan, un surkoreanl que iba en mi mismo bus.

Al día siguiente, conocimos a Jory en el desayuno, un americano cpn el que decidimos irnos a la Quebrada de la Señorita. Un sitio que me recordó un montón a las películas del oeste.

Aquella tarde, después de comernos un buen estofado de llama y unas empanadas de quinoa con queso (😍), nos fuimos al Hornocal, que es como se llama al Cerro de los 14 colores. Realmente, me dejó sin palabras! Es absolutamente increíble. Tuvimos mala suerte y estaba medio nublado, pero ya daba para apreciar el espectáculo.

También dimos una vuelta por el pueblo y preparamos una especie de “sopar de germanor” en el hostel.

Al día siguiente nos fuimos a Iruya, un pueblo aún más al norte. Del camino en bus que duró unas tres horas que por momentos fueron infernales, sólo diré que en varios momentos temí por mi vida. Era un camino de tierra serpenteante, con un precipicio de unos 100m, y el autobús que iba sobresaliendo la parte delsntera por el precipicio en cada curva. Quienes queráis haceros más a la idea, tenéis un video sobre ese momento en instagram. Al final llegamos, vivos. Tomamos un mate en la plaza del pueblo, y de ahí nos fuimos a recorrer los varios miradores del pueblito, a cada cual más espectacular que el otro.

Al volver,nos fuimos directos a Purmamarca. Allí hay un Cerro de 7 colores, que vimos a la mañana siguiente, aunque después de haber visto el Hornocal, la verdad es que este se quedaba en nada. Aquella mañana ya me despedí de los chicos y tomé el bus que me llevaría a San Pedro de Atacama, Chile. Y aunque había película en el bus, yo no pude dejar de mirar por la ventana en todo el trayecto. Atravesamos varios parques y reservas nacionales, y me recordó muchísimo a mi viaje por Bolivía tres años atrás.

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