El Bolsón (Patagonia) – Argentina

Una vez en El Bolsón, Gastón y yo buscamos un hostel barato. Es un pueblito pequeño así que fuimos a la oficina de información turística y allí nos dijeron algunos. Decidimos ir a probar si tenian sitio en uno de ellos. Al llegar allí, y después de ciertos problemas de comunicación con la chica que estaba en recepción conseguimos que nos dejara quedarnos. Al principio decía que no podíamos porque tenía las camas de los dormitorios compartidos todas reservadas, y que en las habitaciones privadas no nos podíamos quedar porque eran para “matrimonios”. Yo estaba flipando. ¿En qué cabeza cabe que en un hostel con dormitorios compartidos mixtos donde duermen desconocidos de ambos géneros, no puedan quedarse en una habitación privada dos personas que no esten casadas? Como yo no conseguía hacerme entender, al final Gastón habló con la chica y consiguió que nos dieran un cuarto privado porque no podíamos quedarnos en las compartidas. De hecho, por la noche hablamos con la jefa y nos dijo que nos podía poner en un dormitorio compartido. En fin, una vez solucionado esto, nos fuimos a dar un paseo por el pueblo, todo con casas bajas y amplias calles con mucho verde en las aceras, nos tomamos una birra artesanal (super típico de la zona) y volvimos al hostel a cenar (donde conocimos a dos chicas vascas super majas, Leire y Oihane).

Al día siguiente, aunque teníamos que despertarnos pronto, acabamos durmiendo hasta casi las 10. Después de desayunar, cogimos el autobús a Wharton (el pueblo de al lado) para hacer una excursión al Cajón Azul. Hicimos el camino en la mitad del tiempo marcado, sudamos bastante, y por el camino se nos llenaron los pies de polvo y tierra, porque todo el camino era como de una arena finisima. Al llegar al Cajón Azul, vimos porque tenía tanta fama. Es como un cajón de roca, donde se puede ver hasta dónde llega la roca dentro del agua cristalina. Saltamos desde la roca, y os juro que es el agua más helada en la que me he bañado jamás. Me costaba mover los brazos y las piernas, incluso respirar. Luego supimos que es porque el agua baja directamente del glaciar. Aprovechamos para comer allí (y en mi caso ser comida también por un ejército de mosquitos). Por la noche, de nuevo en Bolson, compramos carne para hacer asado, y un invento del chef Gastón, pimientos a la brasa con huevo y roquefort.

A la mañana siguiente, después de desayunar con calma, nos fuimos a varios miradores de la zona que están cerca del pueblo. Cruzamos varios bosques y por el camino cogimos moras y ciruelas super buenas! Como volvímos pronto al hostel por la tarde (comiendo un helado artesanal de dulce de leche con brownie por el camino :D), aprovechamos para lavar un poco de ropa, las bambas (aun continúan sacando tierra y polvo de aquellas excursiones). A la hora de la puesta de sol, decidimos ir a otro mirador que estaba a 30min y desde el que se veía todo el pueblo. Había unos puestos de libros de segunda mano, y como ya me estoy acabando el libro que tenía, quería comprarme uno de Borges, ya que es el escritor argentino más famoso (que me perdone Cortázar). Pregunté y no lo tenían, pero un chico me dijo que podía traérmelo para el día siguiente.

A la mañana siguiente, después de desayunar fuimos a la feria artesanal que hay dos días por semana en El Bolsón. Aproveché para comprarme una bombilla (me voy a hacer con mi propio kit de mate, porque ya sabéis lo dicen: “allí donde fueres, haz lo que vieres”). De vuelta, pasé a comprar mi libro “El Aleph” de Jorge Luis Borges, y para mi sorpresa, el chico que me lo iba a vender me dice: “mirá, sabés qué? Este es un libro viajero, ha pasado por muchas manos y ha estado en muchos lugares, así que te lo voy a regalar a vos que tambiés estás viajando para que siga el camino”. No me lo quiso vender!!! Y a mi me hizo una ilusión tremenda! Son esos momentos y esos intercambios por los que más merece la pena estos viajes! Un viajero me estaba regalando un libro con mucha historia, en un pueblo perdido en medio de la Patagonia argentina!! Decidí comprarle una pulsera en agradecimiento. Y así, con mi libro viajero y mi corazón contento, pusimos rumbo a Bariloche!

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